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Misiones (Argentina) con su entrecruce multicultural, su clima y su geografía, fue conformando una identidad cultural propia y peculiar, la cual nos ofrece una original veta literaria para explorar y explotar...

Por qué no, desde la literatura, resguardar en la constancia de la letra, grageas de idioscincracia, cosmovisión, prácticas y acontecimientos socio-históricos de esta nuestra región cultural...

Entonces, y aunque no me aparte de una literatura más "universalista" (sea en sus temáticas o escenarios), deseo aprovechar este medio para ir ofreciendo, con mayor preferencia, una forma de literatura íntima, regionalista...



MENSAJE DE SAN JUAN
(cuento)

Las dos hermanas de Inelda y una prima, se concentraban en ahuecar media docena de naranjas amargas, calar en la cáscara cuatro rombos y lograr un prolijo serrucho en toda la circunferencia del borde. La idea era adecuarlas, obtener seis porta velas y, esa noche, ubicar, cada una de estas luminarias en las ventanas que diesen al frente.
Estaban reunidas en torno a la mesa. La cocina de leña crepitaba y sobre el sutil olor de la leña, y el del humillo débil que a veces se escapaba por las junturas de grueso hierro, el invasivo del dulce de naranjas que cocinaban aprovechando el fuego encendido, no pasaba inadvertido, aunque más noble y ligero, el de la canela que llevaba en su cobertura el pancuca en el horno. El pan dulce para el día siguiente, domingo, día de San Juan, y en agasajo al padre que llevaba el onomástico del santo y quien lo celebraba con especial disposición cada año.
Por la ventana, podían ver un paisaje de tarde fría: un poco tristón bajo ese sol de tinte acaramelado que pincelaba las prominencias de la chacra y dejaba lagunas en sombra en las depresiones y bajíos. La lejanía hasta la ondulada línea del horizonte parecía desleída. No muy alto en un cielo, límpido y terso, un sol velado y apocado caía irremediablemente hacia aquel filo, justo hacia el noroeste, donde, en un abrupto cambio topográfico, se iniciaban las sierras —más sombrías que nunca—, anticipando una retinta noche en sus cañadas de vértigo. Y no era en balde: ése era el día más corto del año —advirtieron como para que no pasara por alto— y la noche más larga...

Naturalmente, como todas las familias del paraje, no se perderían de ir, cercana la medianoche, al cruce de brasas que se organizaba en la escuela. Verdadero evento y ya una tradición de cumplimiento ininterrumpido año tras año. La escuela, no solo nexo de saberes, sino también verdadero centro cívico de la colonia, con su patio amplio cubierto de grama y esa fila divisoria de inmensas obeñas que separaban sus límites con el predio lindante de la capilla, congregaba a los vecinos en fiestas patrias y en kermeses con color rural. Presentaba su entorno de relieve quebrado, y como envuelto por los oscuros pinares que escalaban las pendientes, una feérica sugestividad que a Inelda tanto le gustaba. Ella era la única que se fijaba en esas cuestiones románticas.
La comisión económica de la escuela organizaba el cruce de brasas. Ya el padre de las chicas estaba por allá, iniciando, con otros vecinos, el moroso proceso de encender la fogata, que requería largas horas hasta llegar al producto final de las ascuas de madera dura, las cuales, recién rozando la medianoche, serían distribuidas en capa hasta lograr la alfombra incandescente, que, siempre se divulgaba (con campechana exageración), “alcanzaría ese año los diez metros”. Es que había una rivalidad entre las colonias en cuanto a quién organizaba las “brasas más largas”.
Las chicas en complicidad, hablaban de las pruebas de San Juan. Todas eran mayores a Inelda, y ya las habían experimentado personalmente años anteriores. Y, como «las pruebas solo se hacen una vez» —les había advertido la abuela—, sólo quedaba Inelda, novel en esas cuestiones de vaticinio competentes a toda muchacha casadera.
Pensaban cuál prueba hacer primero: ¿la del anillo, para saber cuantos hijos tendría?, ¿la de la vela derretida?, ¿los nombres de muchachos solteros conocidos en papelitos enrrollados sobre el agua de la palangana augur…? debatían. Entretanto, Inelda, callada y temerosa como una corzuela, sonreía forzada por esta situación de la cual deseaba escapar. Sus mechones de caracoleante rubio —con esa luz, casi naranja mermelada como el que bullía en la olla a fuego lento—, le ocultaban un poco los ojos cuando se inclinaba para revisar el fuego, atizarlo o agregar un leño extra. O cuando entreabría apenas la puerta del horno y controlaba la cocción del rico pan dulce con cubierta crocante a la canela, que, ese año, insistió en elaborar ella para su padre.
Para la familia, Inelda era como un objeto de cristal delicado que se debía exponer en el vasar y nunca utilizar. Solían señalar a quien no la conociera que «era un poco enfermita desde que nació». Agregaban que tenía algo mal en el corazón y que por eso su piel tan blanca y esos reflejos azulados de leve cianosis. Para todos sería siempre una débil y delicada cañita nueva. Su apariencia justificaba el exceso de sobreprotección: tan delgada, con su larga cabellera ambarina, sus dedos tan delicados, esas pupilas que no se definían entre un verde de infusión de hierbas y un celeste de traslucidas aguas como cuando hay cielo límpido. En general ese cuerpito exiguo de tijereta, le daba aquel aire como de hada, aquella singular presencia, más etérea que carnal, casi la de un suspiro de desvanecimiento…
Las chicas insistían, en hacerle «las pruebas», desafiando a su madre quien se los había prohibido nomás las oyó decir que «aquel año le tocaba a Inelda»:
—Dejen de pensar en esas bobadas —les advirtió, y a ellas tal cosa las desconcertó absolutamente, dado que, con las demás, no había puesto objeción. Lo harían “de contrabando” pues. Las convenciones exigían desarrollar las “pruebas” con la puesta del sol. Mejor: aprovecharían que, a esa hora, su madre se ocupaba en ordeñar las vacas.
Las mayores lo tenían todo preparado y muy ocultos los elementos: empezaron con los papelitos en los cuales enrollaron los nombres de diez muchachos solteros: Inelda, algo contrariada, los debió lanzar a la palangana de enlosado beige, que resaltaba sobre el cuadrillé cálido del mantel. Se admiraron: todos los papelitos fueron alineándose en una larga fila, giraron por el borde como un convoy de minúsculas barcazas hasta completar la vuelta, y fueron hundiéndose allí mismo. No entendieron el significado…
Pasaron a la prueba de la vela, aprovechando las aguas de la misma palangana. Las gotas de parafina derretida, formaron en el fondo puntos y breves líneas que podían bien representar una cruz latina o una letra “T”. No dudaron que indicaba la inicial de un nombre, pero: ¿sería el apodo, el nombre de pila, el apellido? ¿Quién podría ser? Recorrieron su memoria entre risas y solo recuperaron un tal “Tintiño” Almeida, cincuentón, sin trabajo y mujer fija, además, borrachín como nadie más; y otros dos, uno con apellido Toledo, el otro, Arno Tiller… O quizá el destino le tuviera reservado para marido alguien de otra zona con tal inicial…
La prueba del anillo las dejó serias: pendiendo del índice y pulgar de Inelda, la dorada alianza no giró: ¡coitada!, significaba que no tendría hijos. Se arrepintieron de haberla hecha, más que nada por no amargar a la pobre “anunciada”.
Para despejar el mal momento, se encendieron de entusiasmo con la prueba del cuchillo en el banano ¡esa prueba sería rotunda, la savia del banano oxidaría durante toda la noche el nombre del futuro consorte de Inelda!
Prácticamente arrastraron a la chica, que si bien no se resistía con decisión, protestaba con su voz de susurro, recordando las palabras de su madre y argumentando un lánguido «¿para qué, para qué…?» Llegaron al bancal de bananos subiendo el cerro cuyo suelo cultivable, entonces libre del tabacal, hacía su descanso invernal, solo cubierto por la blancuzca y afelpada manta de buva blanca y otros “yuyos de invierno”. Era aquél un lugar prominente desde donde veían, más abajo, y como sobrevolando, la casa con la chimenea humeante, el galpón y un rojo de tizón encendido sobre el horizonte negro por encima de las estribaciones de las Sierras Centrales. Cuando anocheciera del todo, un poco más hacia el norte, brillaría como una cadena de lucecitas navideñas, cuarenta kilómetros de por medio, el alumbrado nocturno de Jardín América.
Le indicaron hundir el viejo cuchillo de hoja de hierro forjado en el tallo más grueso que encontraron. Inelda obedeció sin entusiasmo. Sus pocas fuerzas necesitaron la mano de ayuda de la hermana mayor para apuñalar hasta la empuñadura el acuoso tejido del bananero. Se retiraron entre risotadas. En la casa supieron disimular y nadie más se enteró del asunto, salvo muchos años después…
Esa noche, de hálito de glaciar e inquietante por tantas estrellas vibrantes, como a punto de desprenderse de la negrura del cosmos y caer a tierra, Inelda disfrutó como una niña encantada entremezclada con el gentío: reunión de toda la colonia en torno al fuego, al cruce de las brasas... Las exclamaciones, los gritos de triunfo, las bromas, las risotadas nerviosas, la vocinglería, la oscuridad en contraste con el espectral aura rojiza del fuego, emocionaban tanto, tanto a Inelda que le faltaba el aliento y el pecho se le estrujaba. Estaba tan feliz como pocas veces y sonreía absolutamente.
Al día siguiente, aun con el rigor del frío y sintiendo bajo sus pisadas el crujir desagradable de las laminillas de hielo de la profusa escarcha, y con el debido sigilo, fueron las cuatro a descubrir el mensaje del cuchillo. Como correspondía, Inelda debía retirarlo; también necesitó ayuda esta vez. Ansiosas, las mayores rodearon a la que sostenía la hoja contra la luz del amanecer: sí ¡aparecían manchas y entre ellas se notaban perfectamente letras! ¡Difusas pero eran letras!



Y comenzaron las disquisiciones: no se entendía bien. Lo más cercano para la que sostenía el cuchillo: «¿Martis, Mortis, Martes?»; pero las demás desmerecieron sus alternativas. Por lógica, y tratándose de un nombre masculino, lo correcto sería «Martín». La segunda palabra era contundente: «Julio», pero: ¿sería la primera un apellido y la segunda el nombre? ¿dos nombres de pila sin el apellido? ¿Tendría, acaso Inelda, dos pretendientes? Con ambos nombres conocían muchachos, aunque el único Julio conocido ya estaba casado y el otro era un primo. ¿Y Martín…? ya lo descubrirían…

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Un año después, las fogatas y el cruce de brasas fueron un calco del anterior. Toda la colonia en el mismo entusiasmo festivo. Estaban todos, menos Inelda. El último día del mes de julio se cumpliría el primer año de su ausencia.

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