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Misiones (Argentina) con su entrecruce multicultural, su clima y su geografía, fue conformando una identidad cultural propia y peculiar, la cual nos ofrece una original veta literaria para explorar y explotar...

Por qué no, desde la literatura, resguardar en la constancia de la letra, grageas de idioscincracia, cosmovisión, prácticas y acontecimientos socio-históricos de esta nuestra región cultural...

Entonces, y aunque no me aparte de una literatura más "universalista" (sea en sus temáticas o escenarios), deseo aprovechar este medio para ir ofreciendo, con mayor preferencia, una forma de literatura íntima, regionalista...



martes, 7 de diciembre de 2010

Algún día lo debía contar... [cuento]

ALGUN DIA LO DEBIA CONTAR…

Hoy tan difícil de dilucidar, como por entonces conmensurar. Además, pasaron treinta y un años… otra vida, otro mundo. Tenía once años y todos los pajaritos juntos en la cabeza —el propio Edén en mi existir interior— y la realidad de una vida rural con sus pros y contras.

Recuerdo este incidente como se recuerda una vieja estampa, quizá solo el concepto abstracto, algún detalle, una sensación… Pero imposible de olvidar que llovió todo ese día desde antes del amanecer, con calma, pero con la persistente incontinencia de las temporadas cálidas. Lo cierto es que escampó a media tarde y que tenía para mí la vastedad de la chacra deliciosamente empapada y fresca, el cielo encapotado y un atisbo de sol como un pálido huevo frito con la yema velada por la clara. Atardecía y había logrado permiso para cometer la cabezudeada de andar en bicicleta por el camino lodoso, con enormes charcos en las depresiones del suelo y en los bajíos. Y por la zanjas, rumorosos regueros de agua bermeja cuesta abajo…

La bicicleta ya vieja y destartalada permitía satisfacer sin pena la ocurrencia de enlodarla y vibrar con la adrenalina de esa acción atrevida. Primera etapa de la aventura: adentrarme velozmente por las acuosas hileras del teal, pedaleando sin perder el ritmo y concentrándome en la destreza con la dirección. Simulaban para mí los “líneos” del teal, vallas paralelas de hojas saturadas de agua fresca, que por entonces me llegaban a medio cuerpo. Cerdas de cepillo suave los gajos crecidos. La idea era mantener la velocidad constante y superar así el encajonamiento hasta salir al otro lado, empapados los shorts y la remera: una experiencia deliciosa, una vez superada la primera sensación desagradable del agua en la ropa cuando se adhiere a la piel…


Luego al camino vecinal y al escándalo del barro, mientras el sol descendía despacio y aviesamente. La bicicleta se volvía una extensión de mi cuerpo. Logré que mi padre le quitara los guardabarros para que no se atascaran las ruedas con la pasta de tierra, en ese momento verdadera argamasa bermellón.

Pedalear frenéticamente para alcanzar una velocidad imprudente, desafiando el barrizal, los salpicones, los “coleos”, los derrapes y los peligros de espectaculares caídas, factores estos que coadyuvaban al extremo vértigo. Bloquear de pronto los frenos volvía mi vehículo sky sobre barro…

Obscurecía, y al propio tiempo, aumentaba el engolosinamiento y la obstinación por seguir y seguir…

Era época de maduración de los ingás; los gajos cargados de agua y de abundantes frutos, se inclinaban dócilmente hasta el alcance de mis manos. Las vainas de amarillo-verdoso eran ciertamente grandes ese año. Una pausa para colectar ramas enteras y en el descanso de un tronco a la vera del camino y con las piernas embarradas, saborearlas. Luego, otra vez al éxtasis del “riesgo”.

La destreza fue creciendo y las acciones más lanzadas.

Como anochecía, se imponía el volver a casa; pero no sin antes el placer de una última vuelta por el camino vecinal. Casi sin luz, la impresión se intensificaba. Con las últimas fuerzas, impulsar a una ciega y feroz carrera, dejar el camino de la chacra… Los caminos al cortarse, no formaban una cruz sino una especie de X, cosa que producía una cerrada revuelta, en ángulo agudo la alta muralla del monte. El camino vecinal aunque recto, caía en ese punto por el abrupto ribazo.

Para no empantanarse en esa intersección anegada, la velocidad era esencial. Había logrado una vez más el objetivo y con velocidad mayor a lo previsto. Sin esperarlo para nada, justo en la vuelta y arrojado del ribazo, una sombra voluminosa, un bulto acezante. La sorpresa y el susto conjuntos; y fue la casualidad que evitó el impacto, después pensar en lo qué pudo haber sido aquéllo. Confusión total y reacción irracional: saltar de la bicicleta, quizá un ahogado grito de estupor y algo semejante a un rapto de conmoción. El mínimo recuerdo claro que me queda —entre la bruma de la desagradable impresión— es el verme huyendo y la imagen de la bicicleta tirada, una rueda girando y la sensación del barro en la piel, la semioscuridad de la hora, el frescor y el silencio… fueron tres segundos y reaccionar como retornando de un desmayo. Luego toda la vergüenza del mundo: ¡qué papelón! El jinete no se detuvo, y había desaparecido en la penumbra del camino entoldado por el monte. No tenía forma de saber quién era, además, eran muy pocos los vecinos que seguían usando caballo. Entonces: sería alguien de más allá, alguien de lejos, evidentemente. Con o sin encontronazo, un hombre a caballo a toda carrera en la semipenumbra del anochecer en un camino encajonado por el monte, provocaba aprensión... No puedo evitar detenerme en el hecho de que me duraron la tristeza y la humillación por un par de días. Temblando de susto, decidí volver a casa, sin perder un segundo y a todo correr con la bicicleta. Nunca conté esta experiencia…

Habrán pasado quince años, cuando uno de los vecinos más antiguos en la zona, habló, circunstancialemente, del caso del aparecido que a caballo, decían, solía presentarse en “nuestra picada”, ese breve tramo de trescientos metros en túnel de montes intactos, que separaba las chacras y seguía su derrotero de infinitas bajadas, subidas, revueltas y cruces, uniendo y separando nuestros espacios y vínculos.

Reconozco que sentí un escozor de pasmo, pero la duda racional pesaba un poco más. No obstante, no podía probar la posibilidad de un encuentro con un jinete real, ni tampoco descartar la hipótesis metafísica. Y lo analicé bastante, aunque en mi imaginario la “picada oficial” de “asombrados” era la otra, medio kilómetro más allá, entre mi casa y la escuela. Como que desde el primer grado les oía contar a los chicos que la atravesaban, aquello del “hombre sin cabeza”. Preferí mantenerme en el campo de lo racional y casos como éstos no pasaban para mí de lo meramente folklórico, me agradaba y hasta me hechizaba el color de estas creencias y relatos, pero no permitía que saliesen del seguro lugar de las fantasías, tomándolo como un cuento de los viejos para alertar a los chicos. Pero, en el fondo, esa experiencia mía seguirá alimentando la duda sin resolución…

Hoy de aquel escenario forestal no queda nada, el desbosque habrá desterrado al fantasma quien sabe adónde, pero, ciertamente, no de mi recuerdo: jinete ánima o viviente…

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias por este magnífico post. Admirando el tiempo y el esfuerzo que puso en su blog y la información detallada que usted ofrece.

Luis K. dijo...

Gracias por el comentario tan benèvolo. Una pena que el lector o lectora no indique su nombre y el lugar donde reside. Es interesante saber desde dònde nos leen. Igualmente, va todo mi agradecimiento por tomarse esta molestia de leer y comentar.

Anónimo dijo...

informações Awesome, muito obrigado ao escritor do artigo. É compreensível para mim agora, a eficácia ea importância é incompreensível. Mais uma vez obrigado e boa sorte!

Anónimo dijo...

Jy het 'n paar mooi punte daar. Ek het 'n soektog op die onderwerp en word hoofsaaklik mense sal toestemming met jou blog.

María Ester Farías dijo...

Estoy entrando a tu Blog por primera vez, gracias a que estamos en un mismo grupo en facebook. Este relato de infancia me llevó, indefectiblemente, a mis propias experiencias infantiles, tambien rurales, llenas de retos, con sus pros y sus contras, alla por Entre Rios donde crecí.¡Gracias Luis! Me trajiste un momento de paz y de emociones olvidadas.

Luis Kosachek dijo...

No, gracias a vos María Ester por tu comentario tan sentido. No solo agradezco la benevolencia del comentario, sino agradezco y valoro enormemente que el "cyber espacio" me haya regalado una lectora como vos que sienta afinidad y afecto por la literatura (por llamarlo de algún modo)"literatura rural", hoy día tan poco explotada en el afán de ser todos "urbanos", "postmodernosos" y "globalizados". Por eso agradezco tu lectura de mi cuento y que te hayas molestado en brindarme estas palabras tan emotivas. Si mi texto logró en vos loque contás, me doy más que por satisfecho. Un gran saludo.

Anónimo dijo...

HAAA, nos negamos a lo que no conocemos, pero que las hay las hay, yo se que hay algo más,
Hermoso cuento.
Tupac