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Misiones (Argentina) con su entrecruce multicultural, su clima y su geografía, fue conformando una identidad cultural propia y peculiar, la cual nos ofrece una original veta literaria para explorar y explotar...

Por qué no, desde la literatura, resguardar en la constancia de la letra, grageas de idioscincracia, cosmovisión, prácticas y acontecimientos socio-históricos de esta nuestra región cultural...

Entonces, y aunque no me aparte de una literatura más "universalista" (sea en sus temáticas o escenarios), deseo aprovechar este medio para ir ofreciendo, con mayor preferencia, una forma de literatura íntima, regionalista...



miércoles, 24 de marzo de 2010

La Escopeta [cuento]

“Vino el marzo fatídico / con su noche negra copó todo el ambiente / Vino la intervención, el fogón quedó apagado, el mate fue prohibido, la vida bajo sospecha, la poesía declarada subversiva / Sin piedad un decreto desplazó la luz del día y las ganas de vivir..." CARLOS A. KUNATH (amigo poeta que ya no está)

Así como la Humanidad no debe olvidar ninguno de sus Genocidios, los argentinos en particular, no debemos olvidar el Golpe de Estado de 1976.


LA ESCOPETA

Le despertaron los ladridos de los perros, y como aquel alboroto le resultaba inequívoco, el hombre se levantó de inmediato, decidido a salir.
Al pasar por la cocina, le sorprendió la notable claridad que había afuera: a través de la ventana podía verse como en pleno día. En el piso, una extensa mancha de luz lunar se alargaba, como si pugnase por alcanzar los recovecos más internos de la casa. Sin embargo, necesitó de una linterna para iluminar la esfera del reloj, que latía inexorable, suspendido de la pared en sombras: faltaba un cuarto de hora para las cinco. No hubiera supuesto tan cercano el amanecer...
De inmediato, se acercó al armario, extrajo de él la escopeta, algunos cartuchos, y salió.
Se detuvo en el jardín: los ladridos provenían del tungal, en las adyacencias del galpón y del gallinero. Se encaminó entonces hacia el lugar, seguro ya del motivo del ensañamiento de sus perros.
Mientras hacía aquel corto trecho, no pudo permanecer indiferente ante el espectáculo que se le presentaba: todo el tungal sin una sola hoja; pero tan atiborrado de flores que semejaba una suerte de única y colosal inflorescencia. Eran tres hectáreas de albura de bosque nevado, millones de corolas apretadas que conformaban aquella masa blanquecina, satinada por la luz de una luna rojiza (que podía advertir tras el ramaje desnudo y entrelazado de la hilera de perales). Luna tardía que no lograría alcanzar su ocaso antes del amanecer...
La extraordinaria floración prometía una excelente cosecha —estimó en simple cálculo—; claro, siempre y cuando las heladas no se repitieran en esos días. Aunque septiembre ya había entrado, nunca se sabía...


Los perros recibieron a su dueño con exaltadas demostraciones de alegría y con ladridos aún más exarcerbados y delatores: los hocicos apuntando hacia la copa del florecido árbol. También el hombre levantó su mirada, dirigiendo el haz de luz de la linterna hasta iluminar de lleno el oscuro bulto que permanecía encaramado en la horqueta más alta: una zarigüeya.
Ya lo imaginaba. De seguro era ella, maldita comadreja, la responsable de la muerte de una media docena de pollos en los últimos días. Prácticamente uno por cada mañana; decapitados en el interior del gallinero...
Sin pensarlo dos veces, apuntó bien y disparó. El estampido fue ensordecedor y se expandió en ecos inquietantes. Para los canes, la detonación fue una inyección de paroxismo, el fin de su impotencia; la furia sin control cuando el bulto se precipitó hacia sus fauces...
Rápidamente, el hombre se alejó del lugar. Bien sabía que, en sólo un segundo, aquel ámbito se volvería irrespirable por la consabida pestilencia, última e inútil ya, defensa de la zarigüeya.
Cuando se acercaba a la casa, divisó la silueta de su mujer, blanca, casi fantasmal, inmóvil contra el portón del jardín. Hizo mal en no haberla despertado antes de salir, se reprochó. Pobre, se habrá asustado con el tiro; pero ya se alegrará cuando le cuente que terminó con la comadreja que les estaba matando los pollos.
Pero fue ella quien, adelantándosele, le soltó a boca de jarro una atropellada sarta de recriminaciones. Tanto que se quedó atónito:
—¿Pero vos estás loco, hombre? ¡Por Dios, qué hiciste! ¿Acaso no me prometiste, no me juraste que no usaríamos más la escopeta? ¿Eh? —lo miró con una fijeza de loca y continuó— ¡Y más ahora con el problema con Guillermo...! ¡Hombre, vos no pensás! ¿Qué estás buscando? ¡Ay, Dios mío, yo tenía que saber que con vos es de balde...! ¡Si hubieras entregado esa escopeta apenas salió la orden! ¡Bien te pedí! ¡Ahora íbamos a estar tranquilos!
—¡Eh! —replicó él— ¡No iba dejar escapar esa comadreja!
—¡De veras, vos no pensás! ¿No te das cuenta, hombre de Dios?: ¡por esa comadreja podemos meternos en el peor lío! ¿Querés caer como tu cuñado? ¡Sabés qué riesgo corremos...! ¡Si hasta a los chicos vos mismo le enseñaste que si alguien les pregunta si tenemos algún arma en la casa que digan que no! ¡Y ahora vos mismo vas y te descubrís!
—La escopeta es mía, después de todo, qué embromar. Buena parte del tabaco entregó mi papá para comprarme la escopeta el año que cumplí los dieciocho...
—No te entiendo ¿sabés? No entiendo entonces por qué te arriesgas vos mismo, por qué no escondés de una vez esa escopeta...
—No es delito, que yo sepa, tener un arma en la chacra para cazar alguna liebre, alguna comadreja, librarse de algún gavilán...
—Yo lo que sé es que los civiles no pueden tener armas, ahora está prohibido. Y vos me prometiste que no ibas a tirar con la escopeta, que la ibas a esconder bien. ¡Pasa que vos no pensás! ¡Sólo eso nos falta: que te metan preso también a vos, que te acusen de subversivo como a tu cuñado...! ¡Dios nos libre! Por eso —continuó ella en un tono algo menos exaltado—ya te dije mil veces: aunque a uno no le guste, hay que cumplir las órdenes de las autoridades; mejor para uno después de todo...
Se dio vuelta y se encaminaron hacia la casa:
—Ahí está papá: entregó enseguida ese trabuco viejo que tenía, que ni servía ya, que dicen que trajo el abuelo cuando vino de Alemania, y ahora está tranquilo, no como nosotros, por ese tu capricho... —terminaba casi gimiendo.
—No tenés que alterarte tanto por nada. Quedáte tranquila; andá, volvé a acostarte.
—No, para qué, enseguida va a aclarar. ¡Y después de esto seguro que voy a poder dormir, cómo no!
La voz angustiada de la mujer terminó por inquietarlo. La zozobra soltaba su veneno lentamente. El hombre colgó la escopeta y se quedó inmóvil, ciertamente confundido. La vio encender con manos nerviosas el quinqué y, a continuación, ponerse a hurgar en el cajón leñero en busca de astillas y leños menudos para encender el fuego.
Encender el fuego: todo un rito de cada amanecer desde que estaban juntos. El fuego en aquella cocina blanca que su Amalia cuidaba tanto y mantenía impoluta de cenizas, hollines y manchas de grasa...
Fue como una punzada que terminó de despertarlo... La cocina decorada con discretos y simples ramilletes de flores de tonos pastel... La cocina comprada en el Brasil y traída de contrabando por un pasero. Ellos, como casi todos en Misiones, la adquirieron de esa manera, apenas unos días antes de su matrimonio... La cocina Geral... Las mujeres que se juzgan entre sí en sus recíprocas visitas fijándose en el estado de las cocinas... ¡La cocina, la cocina, y ahora qué importaba! ¡Qué había pasado para que la vida se volviera un infierno de golpe!... ¡Su pobre hermana, su pobre cuñado...!
El recelo hundió hasta la sangre sus zarpas: mejor hubiera sido intentar cazar de otro modo a la comadreja o directamente dejarla que se vaya al carajo ... ¡qué error...! Su mujer era un atado de nervios. Él la miraba hacer, en silencio, queriendo encontrar las palabras adecuadas para serenarla y serenarse.
—Decíme —continuó al rato—: ¿qué va a pasar por un tiro, uno solo y... en plena madrugada? ¿Cómo se va a enterar el ejército?
Él concluía que estando el asentamiento del ejército a diez kilómetros no había de qué preocuparse; pero ella le refutó:
—Por una denuncia.
—¡Pero quién me va a denunciar!
—¿Quién? ¿Y a tu cuñado quién le denunció? El propio vecino ¿o no?
—Pero a esta hora quien va a saber de donde...
—¿Quién? Y el barullo de los perros, ¿te olvidás?
Él titubeó:
—Pero igual: ¡quién se va a ensuciar denunciándome!
—¿Quién? ¡Èse, “tu compadre”! —indicó con el dedo en dirección a la propiedad del vecino— Es la oportunidad para fundirte.
—¿Sólo por aquel disgusto, por esa...?; si son cosas que pasan siempre entre los vecinos, y así como pasan después se olvidan. Vos pasás miedo de balde. Ya te dije: ¡quedate tranquila!
—¡Cómo me voy a quedar tranquila, hombre! Pensá solo en tu pobre hermana: ahora ahí sola en la chacra con los chicos, el marido preso, incomunicado; menos mal que no le llevaron también a ella. Pobre mujer, tan lejos de nosotros; menos mal que los viejos viven cerca. ¡Ya ves cómo son las cosas! ¡Pasó un mes y ni a ella le dejan hablar con su marido! Así es que uno no sabe en qué va a terminar todo esto... Y todo por cabeza dura como vos; si hubiera entregado ese rifle maldito cuando salió la orden, hoy, todos tranquilos... ¡Pensá si nos pasa lo mismo! ¡Los chicos, mi Dios! ¡Y si nos caen como a tu cuñado, yo no sé qué hago! ¡Pensá lo qué es que venga el ejército a revolverte toda la casa! ¡Pensá: van a encontrar esa escopeta y te van a preguntar por qué no cumpliste la disposición que ellos dieron! ¡Pensá un poco...! Yo no puedo vivir más así ¡me corre un frío por todo el cuerpo cada vez que veo pasar por el camino el camión del ejército cuando hacen la recorrida! Pasan de largo; pero ¿y si de golpe un día de éstos...? —abruptamente modificó el tono plañidero de sus reflexiones dándole al mismo un vuelco de máxima autoridad y decisión— Mirá, lo que tenés que hacer, pero ahora mismo, es llevar esa escopeta, las municiones, la pólvora, todo bien lejos de la casa, escondé muy bien todo. ¡Por Dios, hacéme caso de una vez!
—Bueno —dijo él, buscando hacer creíble su fingida calma— Sólo para que te quedes tranquila vos; pero no hace ninguna falta...
Ella, si bien no volvió a replicarle, tampoco pareció serenarse. Pensativa, la respiración todavía alterada, se quedó muy quieta, sentada junto a la cocina cuyo calor comenzaba a expandirse de a poco. Su mirada no se apartaba de la ventana, fija en el atisbo bermejo del alba. Sólo se escuchaba el crepitar de la leña ardiendo.
Acaso para romper ese silencio, que se le tornó insoportable, el hombre encendió la radio y afinó la sintonía de una estación. En realidad, la misma estación que cada amanecer les brindaba las noticias. La misma que, cinco meses antes, a finales de marzo, difundió con toda gravedad aquel “comunicado número uno”.