* * *

Misiones (Argentina) con su entrecruce multicultural, su clima y su geografía, fue conformando una identidad cultural propia y peculiar, la cual nos ofrece una original veta literaria para explorar y explotar...

Por qué no, desde la literatura, resguardar en la constancia de la letra, grageas de idioscincracia, cosmovisión, prácticas y acontecimientos socio-históricos de esta nuestra región cultural...

Entonces, y aunque no me aparte de una literatura más "universalista" (sea en sus temáticas o escenarios), deseo aprovechar este medio para ir ofreciendo, con mayor preferencia, una forma de literatura íntima, regionalista...



jueves, 21 de abril de 2011

Pascua [poema]

PASCUA
Busqué reunir —para mi cobijo—
esa pequeña fiesta de símbolos antiguos
sobre la mesa de Pascua.
Un remolino de siglos
y un rapto a latitudes lejanas
donde la vieja Kiev,
y la sentida Polonia
con campos de amapolas
con pañuelos de las babas (1)
y canastas luminosas de pysankas (2),
rodean adustas iglesias rurales…
Preparé esta íntima mesa
para convocar a mis abuelas eslavas
ya idas de esta Tierra, cumplidas...
En su honor por tantas Pascuas
Iluminadas y dulces,
intenté emular aquella “paska”,
—pan pascual—
como un barnizado cofre de madera dorada,
festivo con su gala de trenzas,
hojuelas, botones y flores de masa.
Y algunos huevos hervidos
en el bermellón de tintes herbales,
(como una puesta mística de símbolo atávico
de vida latente, prometida de ser renovada)
junto a la guarda de bendecidas palmas…
Y me quedé ante la mesa puesta
en la mañana de Pascua,
soleada y sosegada,
como antes,
pero sin ellos,
esperando, confiando,
ya no en su imposible vuelta,
pero sí en el cumplimiento del
derrotero faltante de mi ida hacia ellos,
alcanzando entonces
mi propia perfecta Pascua.


(1)     baba (abuela tanto en idioma polaco como en ucranio)
(2)     “Pisanka (plural: Pisankas, Pisanki) es un antiguo arte eslavo de decoración de huevos. Originado en los tiempos del Paganismo, se transformó en la tradición Cristiana a los huevos de Pascua. No obstante, los pisankas mantienen cierto simbolismo pagano”. Fuente: WIKIPEDIA http://es.wikipedia.org/wiki/Pisanka

martes, 7 de diciembre de 2010

Algún día lo debía contar... [cuento]

ALGUN DIA LO DEBIA CONTAR…

Hoy tan difícil de dilucidar, como por entonces conmensurar. Además, pasaron treinta y un años… otra vida, otro mundo. Tenía once años y todos los pajaritos juntos en la cabeza —el propio Edén en mi existir interior— y la realidad de una vida rural con sus pros y contras.

Recuerdo este incidente como se recuerda una vieja estampa, quizá solo el concepto abstracto, algún detalle, una sensación… Pero imposible de olvidar que llovió todo ese día desde antes del amanecer, con calma, pero con la persistente incontinencia de las temporadas cálidas. Lo cierto es que escampó a media tarde y que tenía para mí la vastedad de la chacra deliciosamente empapada y fresca, el cielo encapotado y un atisbo de sol como un pálido huevo frito con la yema velada por la clara. Atardecía y había logrado permiso para cometer la cabezudeada de andar en bicicleta por el camino lodoso, con enormes charcos en las depresiones del suelo y en los bajíos. Y por la zanjas, rumorosos regueros de agua bermeja cuesta abajo…

La bicicleta ya vieja y destartalada permitía satisfacer sin pena la ocurrencia de enlodarla y vibrar con la adrenalina de esa acción atrevida. Primera etapa de la aventura: adentrarme velozmente por las acuosas hileras del teal, pedaleando sin perder el ritmo y concentrándome en la destreza con la dirección. Simulaban para mí los “líneos” del teal, vallas paralelas de hojas saturadas de agua fresca, que por entonces me llegaban a medio cuerpo. Cerdas de cepillo suave los gajos crecidos. La idea era mantener la velocidad constante y superar así el encajonamiento hasta salir al otro lado, empapados los shorts y la remera: una experiencia deliciosa, una vez superada la primera sensación desagradable del agua en la ropa cuando se adhiere a la piel…


Luego al camino vecinal y al escándalo del barro, mientras el sol descendía despacio y aviesamente. La bicicleta se volvía una extensión de mi cuerpo. Logré que mi padre le quitara los guardabarros para que no se atascaran las ruedas con la pasta de tierra, en ese momento verdadera argamasa bermellón.

Pedalear frenéticamente para alcanzar una velocidad imprudente, desafiando el barrizal, los salpicones, los “coleos”, los derrapes y los peligros de espectaculares caídas, factores estos que coadyuvaban al extremo vértigo. Bloquear de pronto los frenos volvía mi vehículo sky sobre barro…

Obscurecía, y al propio tiempo, aumentaba el engolosinamiento y la obstinación por seguir y seguir…

Era época de maduración de los ingás; los gajos cargados de agua y de abundantes frutos, se inclinaban dócilmente hasta el alcance de mis manos. Las vainas de amarillo-verdoso eran ciertamente grandes ese año. Una pausa para colectar ramas enteras y en el descanso de un tronco a la vera del camino y con las piernas embarradas, saborearlas. Luego, otra vez al éxtasis del “riesgo”.

La destreza fue creciendo y las acciones más lanzadas.

Como anochecía, se imponía el volver a casa; pero no sin antes el placer de una última vuelta por el camino vecinal. Casi sin luz, la impresión se intensificaba. Con las últimas fuerzas, impulsar a una ciega y feroz carrera, dejar el camino de la chacra… Los caminos al cortarse, no formaban una cruz sino una especie de X, cosa que producía una cerrada revuelta, en ángulo agudo la alta muralla del monte. El camino vecinal aunque recto, caía en ese punto por el abrupto ribazo.

Para no empantanarse en esa intersección anegada, la velocidad era esencial. Había logrado una vez más el objetivo y con velocidad mayor a lo previsto. Sin esperarlo para nada, justo en la vuelta y arrojado del ribazo, una sombra voluminosa, un bulto acezante. La sorpresa y el susto conjuntos; y fue la casualidad que evitó el impacto, después pensar en lo qué pudo haber sido aquéllo. Confusión total y reacción irracional: saltar de la bicicleta, quizá un ahogado grito de estupor y algo semejante a un rapto de conmoción. El mínimo recuerdo claro que me queda —entre la bruma de la desagradable impresión— es el verme huyendo y la imagen de la bicicleta tirada, una rueda girando y la sensación del barro en la piel, la semioscuridad de la hora, el frescor y el silencio… fueron tres segundos y reaccionar como retornando de un desmayo. Luego toda la vergüenza del mundo: ¡qué papelón! El jinete no se detuvo, y había desaparecido en la penumbra del camino entoldado por el monte. No tenía forma de saber quién era, además, eran muy pocos los vecinos que seguían usando caballo. Entonces: sería alguien de más allá, alguien de lejos, evidentemente. Con o sin encontronazo, un hombre a caballo a toda carrera en la semipenumbra del anochecer en un camino encajonado por el monte, provocaba aprensión... No puedo evitar detenerme en el hecho de que me duraron la tristeza y la humillación por un par de días. Temblando de susto, decidí volver a casa, sin perder un segundo y a todo correr con la bicicleta. Nunca conté esta experiencia…

Habrán pasado quince años, cuando uno de los vecinos más antiguos en la zona, habló, circunstancialemente, del caso del aparecido que a caballo, decían, solía presentarse en “nuestra picada”, ese breve tramo de trescientos metros en túnel de montes intactos, que separaba las chacras y seguía su derrotero de infinitas bajadas, subidas, revueltas y cruces, uniendo y separando nuestros espacios y vínculos.

Reconozco que sentí un escozor de pasmo, pero la duda racional pesaba un poco más. No obstante, no podía probar la posibilidad de un encuentro con un jinete real, ni tampoco descartar la hipótesis metafísica. Y lo analicé bastante, aunque en mi imaginario la “picada oficial” de “asombrados” era la otra, medio kilómetro más allá, entre mi casa y la escuela. Como que desde el primer grado les oía contar a los chicos que la atravesaban, aquello del “hombre sin cabeza”. Preferí mantenerme en el campo de lo racional y casos como éstos no pasaban para mí de lo meramente folklórico, me agradaba y hasta me hechizaba el color de estas creencias y relatos, pero no permitía que saliesen del seguro lugar de las fantasías, tomándolo como un cuento de los viejos para alertar a los chicos. Pero, en el fondo, esa experiencia mía seguirá alimentando la duda sin resolución…

Hoy de aquel escenario forestal no queda nada, el desbosque habrá desterrado al fantasma quien sabe adónde, pero, ciertamente, no de mi recuerdo: jinete ánima o viviente…

viernes, 27 de agosto de 2010

AGOSTO [poema] - AGOSTIMIA [poema]

Agosto en Misiones es, por excelencia, el mes más metafísico del año, con su “Agostín” que se “lleva” a débiles y viejos, contra lo cuál solo el conjuro de los tres sorbos de “caña con ruda” el día primero. Mes de cielos de ceniza, de brumas que vuelven naranjas de sangre los soles vespertinos, de díscolas ventolinas cálidas, pero también de la explosión de ramajes con brotes de glauco chillón, aires balsámicos de floraciones… Al fin, mes de renuevo de vida…

AGOSTO [poema]

Julio prepara la tierra con las heladas,
la sojuzga con su saña de fríos
para que agosto pueda darle al aire
esa vibración gris
de cerros brumosos
que el hombre exacerba
con las quemazones...

AGOSTIMIA [delirium pre primum veris] [poema]

Ayer al salir advertí el atardecer distinto:

paños de tules desde un cielo de celeste desleído, acenizado,

un airecito ondeante acariciaba el rostro como una gasa tibia,

cercado fucsia rabioso de azaleas bordeando la avenida...

(ver texto completo)

domingo, 20 de junio de 2010

Celebración del solsticio (I) - LA NOCHE DEL FUEGO [poema]

Quedan en el mundo —aunque en focos aislados— restos de atavismo rupestre, cuando el equinoccio mágico, inefable, pleno de sensaciones y reminiscencias metafísicas, se mimetiza
en las alegorías de las celebraciones populares del 24 de junio, fiesta de San Juan…


LA NOCHE DEL FUEGO (*)


Hay en la noche de San Juan
un culto cierto,
pero inconsciente,
al fuego.
Hay una bravata de llamas,
un regodeo de ascuas,
de chispas fatuas
en la ceguera de las tinieblas.
[...]
(*) Obtuvo el 1er. Premio en el Certamen Regional "Cainguás" (1994)

Celebración del solsticio (II) - MENSAJE DE SAN JUAN [cuento]

MENSAJE DE SAN JUAN

Las dos hermanas de Inelda y una prima, se concentraban en ahuecar media docena de naranjas amargas, calar en la cáscara cuatro rombos y lograr un prolijo serrucho en toda la circunferencia del borde. La idea era adecuarlas, obtener seis porta velas y, esa noche, ubicar, cada una de estas luminarias en las ventanas que diesen al frente. Estaban reunidas en torno a la mesa. La cocina de leña crepitaba y sobre el sutil olor de la leña, y el del humillo débil que a veces se escapaba por las junturas de grueso hierro, el invasivo del dulce de naranjas que cocinaban aprovechando el fuego encendido, no pasaba inadvertido, aunque más noble y ligero, el de la canela que llevaba en su cobertura el pancuca en el horno. El pan dulce para el día siguiente, domingo, día de San Juan, y en agasajo al padre que llevaba el onomástico del santo y quien lo celebraba con especial disposición cada año [...]
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miércoles, 24 de marzo de 2010

La Escopeta [cuento]

“Vino el marzo fatídico / con su noche negra copó todo el ambiente / Vino la intervención, el fogón quedó apagado, el mate fue prohibido, la vida bajo sospecha, la poesía declarada subversiva / Sin piedad un decreto desplazó la luz del día y las ganas de vivir..." CARLOS A. KUNATH (amigo poeta que ya no está)

Así como la Humanidad no debe olvidar ninguno de sus Genocidios, los argentinos en particular, no debemos olvidar el Golpe de Estado de 1976.


LA ESCOPETA

Le despertaron los ladridos de los perros, y como aquel alboroto le resultaba inequívoco, el hombre se levantó de inmediato, decidido a salir.
Al pasar por la cocina, le sorprendió la notable claridad que había afuera: a través de la ventana podía verse como en pleno día. En el piso, una extensa mancha de luz lunar se alargaba, como si pugnase por alcanzar los recovecos más internos de la casa. Sin embargo, necesitó de una linterna para iluminar la esfera del reloj, que latía inexorable, suspendido de la pared en sombras: faltaba un cuarto de hora para las cinco. No hubiera supuesto tan cercano el amanecer...
De inmediato, se acercó al armario, extrajo de él la escopeta, algunos cartuchos, y salió.
Se detuvo en el jardín: los ladridos provenían del tungal, en las adyacencias del galpón y del gallinero. Se encaminó entonces hacia el lugar, seguro ya del motivo del ensañamiento de sus perros.
Mientras hacía aquel corto trecho, no pudo permanecer indiferente ante el espectáculo que se le presentaba: todo el tungal sin una sola hoja; pero tan atiborrado de flores que semejaba una suerte de única y colosal inflorescencia. Eran tres hectáreas de albura de bosque nevado, millones de corolas apretadas que conformaban aquella masa blanquecina, satinada por la luz de una luna rojiza (que podía advertir tras el ramaje desnudo y entrelazado de la hilera de perales). Luna tardía que no lograría alcanzar su ocaso antes del amanecer...
La extraordinaria floración prometía una excelente cosecha —estimó en simple cálculo—; claro, siempre y cuando las heladas no se repitieran en esos días. Aunque septiembre ya había entrado, nunca se sabía...


Los perros recibieron a su dueño con exaltadas demostraciones de alegría y con ladridos aún más exarcerbados y delatores: los hocicos apuntando hacia la copa del florecido árbol. También el hombre levantó su mirada, dirigiendo el haz de luz de la linterna hasta iluminar de lleno el oscuro bulto que permanecía encaramado en la horqueta más alta: una zarigüeya.
Ya lo imaginaba. De seguro era ella, maldita comadreja, la responsable de la muerte de una media docena de pollos en los últimos días. Prácticamente uno por cada mañana; decapitados en el interior del gallinero...
Sin pensarlo dos veces, apuntó bien y disparó. El estampido fue ensordecedor y se expandió en ecos inquietantes. Para los canes, la detonación fue una inyección de paroxismo, el fin de su impotencia; la furia sin control cuando el bulto se precipitó hacia sus fauces...
Rápidamente, el hombre se alejó del lugar. Bien sabía que, en sólo un segundo, aquel ámbito se volvería irrespirable por la consabida pestilencia, última e inútil ya, defensa de la zarigüeya.
Cuando se acercaba a la casa, divisó la silueta de su mujer, blanca, casi fantasmal, inmóvil contra el portón del jardín. Hizo mal en no haberla despertado antes de salir, se reprochó. Pobre, se habrá asustado con el tiro; pero ya se alegrará cuando le cuente que terminó con la comadreja que les estaba matando los pollos.
Pero fue ella quien, adelantándosele, le soltó a boca de jarro una atropellada sarta de recriminaciones. Tanto que se quedó atónito:
—¿Pero vos estás loco, hombre? ¡Por Dios, qué hiciste! ¿Acaso no me prometiste, no me juraste que no usaríamos más la escopeta? ¿Eh? —lo miró con una fijeza de loca y continuó— ¡Y más ahora con el problema con Guillermo...! ¡Hombre, vos no pensás! ¿Qué estás buscando? ¡Ay, Dios mío, yo tenía que saber que con vos es de balde...! ¡Si hubieras entregado esa escopeta apenas salió la orden! ¡Bien te pedí! ¡Ahora íbamos a estar tranquilos!
—¡Eh! —replicó él— ¡No iba dejar escapar esa comadreja!
—¡De veras, vos no pensás! ¿No te das cuenta, hombre de Dios?: ¡por esa comadreja podemos meternos en el peor lío! ¿Querés caer como tu cuñado? ¡Sabés qué riesgo corremos...! ¡Si hasta a los chicos vos mismo le enseñaste que si alguien les pregunta si tenemos algún arma en la casa que digan que no! ¡Y ahora vos mismo vas y te descubrís!
—La escopeta es mía, después de todo, qué embromar. Buena parte del tabaco entregó mi papá para comprarme la escopeta el año que cumplí los dieciocho...
—No te entiendo ¿sabés? No entiendo entonces por qué te arriesgas vos mismo, por qué no escondés de una vez esa escopeta...
—No es delito, que yo sepa, tener un arma en la chacra para cazar alguna liebre, alguna comadreja, librarse de algún gavilán...
—Yo lo que sé es que los civiles no pueden tener armas, ahora está prohibido. Y vos me prometiste que no ibas a tirar con la escopeta, que la ibas a esconder bien. ¡Pasa que vos no pensás! ¡Sólo eso nos falta: que te metan preso también a vos, que te acusen de subversivo como a tu cuñado...! ¡Dios nos libre! Por eso —continuó ella en un tono algo menos exaltado—ya te dije mil veces: aunque a uno no le guste, hay que cumplir las órdenes de las autoridades; mejor para uno después de todo...
Se dio vuelta y se encaminaron hacia la casa:
—Ahí está papá: entregó enseguida ese trabuco viejo que tenía, que ni servía ya, que dicen que trajo el abuelo cuando vino de Alemania, y ahora está tranquilo, no como nosotros, por ese tu capricho... —terminaba casi gimiendo.
—No tenés que alterarte tanto por nada. Quedáte tranquila; andá, volvé a acostarte.
—No, para qué, enseguida va a aclarar. ¡Y después de esto seguro que voy a poder dormir, cómo no!
La voz angustiada de la mujer terminó por inquietarlo. La zozobra soltaba su veneno lentamente. El hombre colgó la escopeta y se quedó inmóvil, ciertamente confundido. La vio encender con manos nerviosas el quinqué y, a continuación, ponerse a hurgar en el cajón leñero en busca de astillas y leños menudos para encender el fuego.
Encender el fuego: todo un rito de cada amanecer desde que estaban juntos. El fuego en aquella cocina blanca que su Amalia cuidaba tanto y mantenía impoluta de cenizas, hollines y manchas de grasa...
Fue como una punzada que terminó de despertarlo... La cocina decorada con discretos y simples ramilletes de flores de tonos pastel... La cocina comprada en el Brasil y traída de contrabando por un pasero. Ellos, como casi todos en Misiones, la adquirieron de esa manera, apenas unos días antes de su matrimonio... La cocina Geral... Las mujeres que se juzgan entre sí en sus recíprocas visitas fijándose en el estado de las cocinas... ¡La cocina, la cocina, y ahora qué importaba! ¡Qué había pasado para que la vida se volviera un infierno de golpe!... ¡Su pobre hermana, su pobre cuñado...!
El recelo hundió hasta la sangre sus zarpas: mejor hubiera sido intentar cazar de otro modo a la comadreja o directamente dejarla que se vaya al carajo ... ¡qué error...! Su mujer era un atado de nervios. Él la miraba hacer, en silencio, queriendo encontrar las palabras adecuadas para serenarla y serenarse.
—Decíme —continuó al rato—: ¿qué va a pasar por un tiro, uno solo y... en plena madrugada? ¿Cómo se va a enterar el ejército?
Él concluía que estando el asentamiento del ejército a diez kilómetros no había de qué preocuparse; pero ella le refutó:
—Por una denuncia.
—¡Pero quién me va a denunciar!
—¿Quién? ¿Y a tu cuñado quién le denunció? El propio vecino ¿o no?
—Pero a esta hora quien va a saber de donde...
—¿Quién? Y el barullo de los perros, ¿te olvidás?
Él titubeó:
—Pero igual: ¡quién se va a ensuciar denunciándome!
—¿Quién? ¡Èse, “tu compadre”! —indicó con el dedo en dirección a la propiedad del vecino— Es la oportunidad para fundirte.
—¿Sólo por aquel disgusto, por esa...?; si son cosas que pasan siempre entre los vecinos, y así como pasan después se olvidan. Vos pasás miedo de balde. Ya te dije: ¡quedate tranquila!
—¡Cómo me voy a quedar tranquila, hombre! Pensá solo en tu pobre hermana: ahora ahí sola en la chacra con los chicos, el marido preso, incomunicado; menos mal que no le llevaron también a ella. Pobre mujer, tan lejos de nosotros; menos mal que los viejos viven cerca. ¡Ya ves cómo son las cosas! ¡Pasó un mes y ni a ella le dejan hablar con su marido! Así es que uno no sabe en qué va a terminar todo esto... Y todo por cabeza dura como vos; si hubiera entregado ese rifle maldito cuando salió la orden, hoy, todos tranquilos... ¡Pensá si nos pasa lo mismo! ¡Los chicos, mi Dios! ¡Y si nos caen como a tu cuñado, yo no sé qué hago! ¡Pensá lo qué es que venga el ejército a revolverte toda la casa! ¡Pensá: van a encontrar esa escopeta y te van a preguntar por qué no cumpliste la disposición que ellos dieron! ¡Pensá un poco...! Yo no puedo vivir más así ¡me corre un frío por todo el cuerpo cada vez que veo pasar por el camino el camión del ejército cuando hacen la recorrida! Pasan de largo; pero ¿y si de golpe un día de éstos...? —abruptamente modificó el tono plañidero de sus reflexiones dándole al mismo un vuelco de máxima autoridad y decisión— Mirá, lo que tenés que hacer, pero ahora mismo, es llevar esa escopeta, las municiones, la pólvora, todo bien lejos de la casa, escondé muy bien todo. ¡Por Dios, hacéme caso de una vez!
—Bueno —dijo él, buscando hacer creíble su fingida calma— Sólo para que te quedes tranquila vos; pero no hace ninguna falta...
Ella, si bien no volvió a replicarle, tampoco pareció serenarse. Pensativa, la respiración todavía alterada, se quedó muy quieta, sentada junto a la cocina cuyo calor comenzaba a expandirse de a poco. Su mirada no se apartaba de la ventana, fija en el atisbo bermejo del alba. Sólo se escuchaba el crepitar de la leña ardiendo.
Acaso para romper ese silencio, que se le tornó insoportable, el hombre encendió la radio y afinó la sintonía de una estación. En realidad, la misma estación que cada amanecer les brindaba las noticias. La misma que, cinco meses antes, a finales de marzo, difundió con toda gravedad aquel “comunicado número uno”.

viernes, 8 de enero de 2010

ESBOZO DE ANUARIO

ESBOZO DE ANUARIO

Sin desmesuras emotivas,
liberándome del peso
de adioses y bienvenidas
—dogma de las masas—
las doce campanadas
para mí ya no finiquitan ni inauguran
nada más que uno o dos dígitos.
Prefiero revalidar mi propia ancla de fe
y confirmarme fiel a la deriva
del ciclo infinito del propio cosmos.

Como esos sabios irracionales,
los árboles y las bestias,
vivir a plena piel, a plena vista, a pleno oído
las temporadas naturales.
Entonces:
mi año nuevo acaso sea
(y suerte si así fuera)
repetir la gracia de una perfecta rutina:
centenas de renovados soles
que el equinoccio cobriza,
el crudo julio con hielo y lluvias agrisa
y, por fin,
el solsticio de Navidad otra vez con arrebato exalta.

Hoy añoro menos los calendarios idos
y ya no entrego el alma
a éste que administrará
—árbitro de molde—
la cotidiana existencia de ordenada burocracia…

Sin adioses ni bienvenidas
conjuro al monstruoso Déspota,
—ignominioso hijo de Urano—
en tanto ciclo con el ciclo de la Madre Gea
y, en paz, me dejo vivir…

7 de enero de 2.010

martes, 15 de diciembre de 2009

COMIENZO CON UN PROFUNDO AGRADECIMIENTO...

Creo que los blogs son un medio de comunicación maravilloso, porque nos permiten expresarnos, socializar, compartir e intercambiar ideas personales, comentarios, opiniones. Y, en este caso, además (y especialmente) textos literarios (cuentos y poemas) a lo que iremos agregando, eventualmente, imágenes (fotografias) que son (como lo escuché decir estos días pasados y no puedo recordar su autor): "ideas expresadas con luz..."
Y no puedo dejar de comenzar esta experiencia "del blog propio", sin AGRADECER INFINITAMENTE a la genial JENNY WASIUK, por su impagable generosidad al ayudarme a configurar esta cuenta, darme ideas, acortarme caminos de aprendizaje y... para tener "algo publicado", "regalarme" el enlace a un video (de su autoria) cuyo contenido, por supuesto, (hablando de imágenes y música) tiene mucho que ver con mis propios intereses expresivos...
Los que conocen a Jenny confirmarán su "buenísima onda", su entusiasmo creador (felizmente contagioso) y su inmensísima generosidad,su desinterés y sentido de compañerismo.
Como está "de moda" decir y usar el concepto de "intertextualidad", lo tomo ahora para usar esta otra frase ajena (¿alguna existe que no lo sea...?)y decirte, estimada Jenny, ¡GRACIAS TOTALES!!! Y obviamente invito a visitar su blog que es todo un despliegue de genialidad. Saludos.